La vida en el circo es sacrificada y resiliente. Comencé a trabajar en el proyecto “El circo” en el año 2022.
Desde que era chica me sentí atraída y fascinada por el mundo del circo, me da mucha curiosidad la vida nómade, asincrónica del ritmo pautado socialmente, desafiando las nociones tradicionales de hogar y pertenencia.
Hay un espectáculo que alegra y despierta el aplauso. Son 2 horas de piruetas, saltos y malabares. Pero el que no se ve, el ignorado y cotidiano, nunca deja de fascinar.
Un espectáculo sin público, el que nadie aplaude y que se oculta tras bambalinas, la vida itinerante de unas 30 personas que tienen al circo como su único hogar.
En el circo las familias crecen sin disgregarse. Unidas saltan de pueblo en pueblo, de provincia en provincia. Una vez instaladas, juntas conforman un barrio como cualquier otro alrededor de la carpa que todos ayudan a armar y desarmar.
¿Cómo se habita un territorio cuando se lleva una vida nómade? El ensayo fotográfico “El circo” retrata el detrás de escena de los artistas y colaboradores de este espectáculo: la vida en el trailer, los ensayos a campo abierto, el acampe en un terreno distinto para cada show. No están de paso: habitan el territorio donde viven transitoriamente uno o dos meses, hasta que se vuelvan a mudar. La serie propone una mirada íntima hacia su cotidianidad en relación con un territorio movedizo: las habitaciones sobre ruedas, las sillas plegables, las sogas para tender la ropa donde sea que estén. Acróbatas, sonidistas, bailarinas, magos, trapecistas, malabaristas y personal de mantenimiento se conforman como una gran familia que vive de gira y deja su huella en cada tierra.
Mi objetivo es compartir estas historias.





















